La base se alimenta de registros municipales abiertos, catálogos independientes, notas de asociaciones y observación directa. Validamos cada punto junto a quienes lo habitan para evitar errores, duplicidades o miradas externas que simplifiquen complejidades. La combinación de fuentes oficiales, mapeo comunitario y micro-historias permite dibujar redes de apoyo realistas, identificar huecos de información y priorizar acciones de cuidado, financiación y acceso inclusivo para fortalecer la continuidad de las prácticas.
En sesiones presenciales y virtuales, mezclamos cartografía rápida con ejercicios de memoria colectiva. Jugamos con post-its, rutas sonoras y mapas impresos para incluir a personas sin experiencia digital. Cada taller termina con un compromiso de actualización y una devolución clara de resultados. Documentamos decisiones, subimos cambios a repositorios públicos y abrimos canales de comunicación para resolver dudas, empoderar a nuevas facilitadoras y favorecer una participación sostenida más allá del entusiasmo inicial.
Antes de publicar, preguntamos qué visibilizar y qué mantener discreto, especialmente cuando existen riesgos por precariedad, gentrificación o estigmas. Procuramos licencias abiertas que respeten autorías y no permitan usos extractivos. Siempre devolvemos materiales editables, informes legibles y mapas impresos a los colectivos participantes. Reconocemos aportes, invitamos a corregir y celebramos resultados compartiendo aprendizajes, porque cartografiar también es cuidar procesos, personas y expectativas que hacen posible el trabajo colectivo.